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Sobre la plena inserción de la Ordenación del Territorio en el programa de estudios de la Licenciatura en Geografía

14 de enero de 2005

Desde mediados de los setenta se viene conformando en España una tendencia en Geografía dirigida a hacer de la misma una disciplina vinculada a la acción. Tendencia que si hace tres décadas era aún minoritaria en nuestras universidades es hoy plenamente predominante.

La progresiva profesionalización del geógrafo fuera del marco educativo ha sido sustancial en el cambio y en la orientación de la enseñanza universitaria. Las varias modificaciones realizadas en el plan de estudios han sido siempre un intento, frustrante, de adecuar la enseñanza a las nuevas necesidades y se han realizado de forma muy poco ambiciosa siendo ya hoy insostenible el programa de estudios ofertado, si se toma en consideración la opinión de los propios estudiantes y de los recién egresados que pretenden desenvolverse en el ámbito profesional con la formación recibida.

Por ello no puede menos que acogerse con esperanza la más importante propuesta de modificación del plan de estudios de la licenciatura habida en estos últimos treinta años, aunque todo haya que decirlo, gracias a los acuerdos de Bolonia. Propuesta, a mi juicio, poco decidida en algunos aspectos, pero probablemente la única posible dada las diferencias de criterio aún existentes en el estamento universitario sobre cuestiones centrales concernientes al propio objeto de la enseñanza de la Geografía y, sobre todo, las distintas situaciones de partida, tan dispares, entre los Departamentos universitarios, que no pueden ser ignoradas porque son la base sobre la que debe apoyarse la nueva configuración de la titulación.

Pero digámoslo claramente, la situación actual ya no permite ningún margen de maniobra, de manera que no creo que valga ya ni siquiera el argumento de los escépticos, que auguran que la filosofía del Libro Blanco irá por un lado y se impondrá la realidad de los departamentos, que con ligeras adaptaciones continuaran sus inercias. La realidad se ha impuesto con el continuo descenso de alumnos de Geografía y las críticas a los programas de estudio, por lo que o se efectúa una plena adaptación de los medios a los fines propuestos con el nuevo diseño del título de grado, que genere nuevas expectativas sobre la profesión, o en algunas universidades la enseñanza de la Geografía habrá sido un asunto del pasado.

Dicho esto, quisiera efectuar algunas consideraciones sobre la propuesta de propiciar una mayor vinculación entre Geografía y Ordenación del Territorio, que lleva hasta el hecho de que aparezca como denominación del título de grado.

De entrada diré que estoy totalmente de acuerdo con la propuesta de denominación de Geografía y Ordenación del Territorio, sin dejar de reconocer la validez de algunas de las objeciones conceptuales que he podido oír cuando se ha suscitado esta discusión en privado (no he podido leer ningún artículo ni tengo referencia de ningún debate publicado en el que se haya planteado una reflexión sobre la propia denominación de la titulación). En parte, mi apoyo a la denominación no es otra que el haber tirado ya la toalla sobre una cuestión sobre la que no hemos podido los geógrafos luchar con éxito: la consideración de que la Geografía es la “ciencia descriptiva” de los ríos, mares, cabos, etc., idea tan preconcebida y afianzada en nuestro país que probablemente sólo Don Quijote se atrevería ya hoy a combatirla.

La Geografía sigue apareciendo también como un complemento de conocimientos para otras ciencias, que la incorporan como una materia anexa que sirve al antropólogo, sociólogo, historiador o filólogo, como una materia de contenidos descriptivos, que se cuece y se evapora en su propia insustancia. ¿Será por esta causa que sigue estando en la conciencia colectiva como una materia indefinida? Bueno sería también que se replantease la presencia de la Geografía en otras titulaciones universitarias y se adoptasen criterios generales sobre el contenido a impartir.

Por todo ello entiendo que la denominación propuesta del título de grado tiene un carácter estratégico que, por un lado, refleja el cambio en la orientación y en los contenidos que se plantean con la modificación y, por otro, le otorga un carácter más centrado, menos abierto y expansivo, que hasta el momento tiene la Geografía como materia académica. Ya es bueno que, al fin, la Geografía tenga un campo y unos perfiles definidos.

Entiendo que esta reorientación de la disciplina da una mayor cabida a la enseñanza de la planificación territorial y, esto, a mi juicio, no es una simple decisión táctica y contingente que responde a las circunstancias del momento, sino que viene a consolidar la tendencia a la que antes aludimos y a situar a la licenciatura en una línea más acorde con las necesidades y demandas actuales.

En lo que concierne a la Ordenación del Territorio es cierto que hasta hace pocos años a lo que se hacía referencia en Geografía era a una metadisciplina de contornos borrosos, cuyo objeto era subordinar las políticas sectoriales y urbanísticas hacia el logro de un fin superior: la apuesta por el reequilibrio territorial, la protección de los recursos naturales, la mejora de la calidad de vida, etc., se planteaba la Ordenación del Territorio como un deux ex machina que vendría a resolver los conflictos, a encauzar los problemas, aunque no se sabía bien cómo podría hacerse, ni el método que habría de seguirse; más aún, se planteaba como una disciplina pura, no contaminada, que pondría las cosas en su sitio, como si este “proteger”, “colocar” y “ordenar” las cosas en el territorio no estuviese sujeto a la política, no fuese una función pública.

De ahí que en Geografía la Ordenación del Territorio no ha sido más que una referencia transversal sin un campo concreto y, por tanto, sin unos contenidos disciplinares definidos, por lo que difícilmente podría materializarse en una materia objeto de enseñanza conducente a establecer los rudimentos del oficio de planificador, mientras que la Geografía Urbana, que en buena medida ha ido derivando desde una materia descriptiva hacia el Urbanismo (no a la planificación urbanística), tiene ya una tradición en la licenciatura de Geografía.

Lo cierto es que a medida que la Ordenación del Territorio se consolida en las Comunidades Autónomas como una función pública, dotada de unos contenidos y con un alcance definido, se perfila a su vez en algunas universidades como una materia de perfiles más nítidos y consistentes. Se comienza a observar como comparte con el Urbanismo un mismo objeto, la ordenación de los usos, el equilibrio territorial, la articulación territorial, etc. pero en escalas diferentes y al servicio de políticas de gobierno diferenciadas, lo que implica aproximaciones distintas derivadas no sólo de la escala, sino de la distinta finalidad y perspectiva que una y otra tienen.

Y se observa entonces que la formación en Geografía es una base excepcional para la disciplina de la Ordenación del Territorio; podría convenirse que más que ninguna otra materia académica, y que constituye un paso natural ir de la Geografía a la planificación territorial a poco que se proporcionen algunas herramientas y conocimientos instrumentales que suministren las bases necesarias para la posterior especialización, lo que a nuestro juicio están bien planteado en la propuesta que efectúa el Libro Blanco.

Enseñar Ordenación del Territorio no es sólo formar a unos profesionales para la redacción de planes, como tampoco lo es la enseñanza del Urbanismo, ello probablemente deba quedar para la especialización posterior; es dotarle de un bagaje previo y necesario sobre los rudimentos del oficio de planificador, y algo más, aportar al estudiante de Geografía los conocimientos y prácticas necesarios para que éste de ese paso más que significa dotarse de criterios fundados para poder tomar decisiones de ordenación y/o de gestión. Es quizás este último aspecto el más importante para aquellos estudiantes que acceden a la enseñanza de la Geografía con la intención de dotarse de una formación que les permitan dedicarse a una actividad profesional en la que un componente esencial de la misma sea la planificación.

No debemos dejar de señalar que no sería posible una adecuada formación en Ordenación del Territorio sin el esquema general de contenidos del título de grado que se ha diseñado en el Libro Blanco, y hay que decir, que dotar a una titulación de unos contenidos vinculados a la acción supongo que va a influir en el resto de los bloques propuestos; me refiero a Geografía Física, Humana y Regional, que deberán reorientarse no tanto a unos bloques prácticos sino a descender a la aplicación real que supone la formación teórica en estas materias. Por ejemplo, en Geografía Física, bueno será que los alumnos conozcan la tectónica de placas y sus consecuencias; o los procesos que dan lugar a la erosión, por decir algo sobre lo que sí podemos incidir, pero malo será que no sean capaces de efectuar un análisis de riesgos a escala local o comarcal o desconozcan las medidas que podrían emplearse para evitarlos; esto es, el desarrollo de propuestas, aplicar el conocimiento a la acción.

Esto supone, no puede dudarse, un cambio esencial en la formación del geógrafo, que encauza su programa formativo hacia unos fines concretos y conocidos, que además serán los que les dotarán de una especificidad reconocida y reconocible en el ámbito profesional y social.

La incorporación de pleno derecho de la Ordenación del Territorio en Geografía, no es una cuestión baladí, significa ante todo el reconocimiento de que es la Geografía la ciencia desde la que más y mejor puede aproximarse a la disciplina de la Ordenación del Territorio, tanto por la escala como por los contenidos; por la escala, porque si es cierto que el geógrafo se sitúa en todas las escalas no debe dejar de señalarse que la escala supramunicipal (regional y comarcal) ha sido siempre el gran bagaje aportado por la Geografía, no digamos en Geografía Física o en Análisis Geográfico Regional; y por los contenidos, porque, basta repasar, por ejemplo, cualquiera de los planes de ordenación del territorio aprobados en nuestro país para poder comprobar como sus contenidos, las memorias informativas que posteriormente van a sustentar la orientación de la ordenación, son casi en su totalidad el programa básico de Geografía. El análisis y diagnóstico de la población, del paisaje, del medio físico, de los riesgos naturales, de los usos del territorio, del sistema urbano, de las infraestructuras y sistema de transporte, de las actividades económicas, etc. son aspectos esenciales sobre los que el plan debe establecer sus propuestas.

Dicho esto, si es cierto que la Geografía ha estado siempre preocupada por la planificación territorial, aunque esto fuese, como señalamos antes, de una forma algo difusa, difícilmente el geógrafo podía entrar en el terreno de la aplicación, porque carecía de formación instrumental adecuada, que otros profesionales si tenían y aplicaban a la escala supramunicipal sin que en realidad les fuera ésta escala muy conocida y dominable.

Por todo lo dicho no podemos sino defender el proyecto planteado por el Libro Blanco, tanto en su propuesta de denominación como en su contenido, que veremos si no es contestado desde las escuelas técnicas de ingeniera y arquitectura por motivos claramente vinculados con la actividad profesional de la planificación que, recordemos, en nuestro país no constituye una titulación específica, ni jurídicamente es, como los tribunales de justicia se han encargado de demostrar, monopolio de ninguna disciplina académica.

La propuesta del Libro Blanco supone, por otra parte, una extraordinaria responsabilidad, cual es la de realmente ser capaces de enseñar aquello para lo que en el papel decimos que estamos capacitados. De ahí que repitamos, una vez más, la necesidad de adaptar los medios a los fines, cuestión que no puede dejarse para el último momento, por lo que se hace necesario que las universidades analicen las carencias que sin duda generará la reorientación de la titulación en algunas materias y empiecen a prever los ajustes necesarios.

Dicho esto, ¿cuáles son las perspectivas profesionales en este ámbito? A mi juicio, en la actualidad tiene lugar el desarrollo de un conjunto de actividades profesionales que tienen como objeto central la ordenación y gestión del territorio (desarrollo local, planificación territorial y urbanística, protección civil, ordenación y gestión de espacios naturales, etc.), por citar sólo ciertas áreas vinculadas directamente con lo que se ha denominado en el Libro Blanco, con un sentido amplio, Ordenación del Territorio. Esto da lugar a una demanda real que es ocupada no se sabe muy bien por qué profesionales y con qué formación, pero lo cierto es que da lugar a una demanda en la que los geógrafos pueden jugar un papel muy competitivo si se llega a buen puerto con el proyecto del Libro Blanco. Esta área de trabajo es hoy una actividad profesional emergente que tiene por delante un amplio recorrido.

Con todo, para nosotros tan importante como esto es la implantación de unas materias y probablemente la reorientación de otras destinadas a dotar a la enseñanza de Geografía de un sentido más aplicado y, por tanto, incorporar una orientación que hasta hace bien poco se ha ido introduciendo de forma deslavazada, sin un marco general que le diese sustento y dependiendo de la voluntad y el interés casi personal de determinados profesionales universitarios, que han trabajo de forma aislada.

Por todo ello, no podemos por menos que estar esperanzados en que se despeje el camino que permita la reorientación que se propone para la enseñanza de la Geografía y su plena vinculación a ésta de la Ordenación del Territorio. Lo cierto es que la redacción del Libro Blanco ha sido un lugar de encuentro y de reflexión muy fructífero entre los universitarios y los profesionales que ejercen su actividad fuera del ámbito de la docencia, y ha supuesto además una aproximación como no lo había sido nunca antes en pos de la consecución de un objetivo común. Esperamos que los pasos que todavía quedan por dar y la definitiva implantación de la reforma se desarrolle de forma consecuente con lo hasta ahora propuesto.

 

Manuel Benabent es Presidente de la Delegación Territorial del Colegio de Geógrafos de Andalucía.

 

Actualizado: 16/02/06