|
  
25
de enero de 2005
Hoy ya no se puede abordar la movilidad urbana y la
accesibilidad si no se incluye, también, el modelo de ciudad,
donde se desarrollan los desplazamientos y la capacidad de
acceso de los ciudadanos a las actividades urbanas. Un acceso
que, como bien argumentaba Lefebvre, forma parte del derecho a
la ciudad, puesto que sin esta capacidad física de llegar no
se puede desarrollar una ciudadanía plena; una accesiblidad
que viene estructurada y dimensionada por la morfología y la
funcionalidad urbanas y, también, por la oferta de
transportes.
El espacio urbano actual tiene una de sus raíces teóricas más
consolidadas en los congresos internacionales de arquitectura
moderna de los años veinte y treinta del siglo XX, cuando los
racionalistas se plantearon un modelo de ciudad basado en
cuatro funciones básicas: trabajo, residencia, ocio y
circulación, especializando cada área urbana en una de esas
funciones. Ante lo que consideraban un reparto del suelo
producto de las parcelaciones, la venta y la especulación, se
proponía un “sistema racional” de especulación del suelo.
Sin embargo los orígenes teóricos de la organización de
nuestro espacio urbano no están completos si no se introduce
la importancia que tiene el modelo de suburbio norteamericano,
basado en las bajas densidades de los grandes suburbios, en un
crecimiento sin límite del espacio urbanizado y en la
expulsión continuada de la población y de la industria hacia
las periferias. Este modelo ha originado, condicionado por el
high-way lobby, la construcción de vías rápidas urbanas
que conecten de forma rápida el centro y las crecientes
periferias, lo que ha obligado a la ciudad a adaptarse al
automóvil.
De este modo se introducen las técnicas de planeamiento
americano caracterizadas no sólo por el funcionalismo del
espacio construido y por la baja densidad, sino también por
una lógica simple pero implacable: el incremento de la
motorización privada. Uno de los trabajos más celebres, dentro
de este paradigma, fue el que realizó Colin Buchanan en 1963,
donde sugería el método de los esténdares, que significa que a
un aumento del tránsito le corresponde automáticamente un
incremento de las infraestructuras viarias. Todo ello guió la
planificación y la construcción de las autopistas urbanas que
se diseñaron a partir de unos modelos de tránsito derivados
de una cadena causal entre generación, distribución y reparto
modal.
En Europa confluyen pues dos modelos de ciudad, con unas
raíces teóricas bien estructuradas y un punto común: el papel
central del vehículo privado y las infraestructuras necesarias
para su uso. La movilidad y la accesibilidad vienen modeladas
por estas premisas teóricas a partir de las cuales se asumen
dos hipótesis, sin apenas discusión: toda la población adulta
es usuaria potencial de los transportes privados sin
excepciones ni exclusiones y sin que el modelo basado en el
automóvil afecte a los índices ni a las capacidades de
accesibilidad de la población. Y todo ello sin que existan
costes de desplazamiento más allá de los relacionados con los
que hacen referencia a la operación, ni a los efectos
medioambientales ni sociales tienen en este modelo urbano
ninguna consideración.
La ciudad produce más desplazamientos pero no más
accesibilidad
La ciudad funcional se caracteriza por una localización
diferenciada, fragmentada y desigual de las actividades
urbanas y por la segregación social, todo ello dentro de una
ocupación extensiva del territorio, lo que da lugar a una
separación espacial y temporal de las diversas actividades
cotidianas. La consecuencia es que el ámbito urbano vital de
los ciudadanos, el lugar donde éstos desarrollan sus
actividades cotidianas, es cada vez más amplio y distante.
Amplificado por unos medios de transporte que incrementan la
velocidad y cambian los tiempos conectivos y con ellos sus
espacios. La distancia deja de ser una consecuencia directa de
la necesaria distribución de las actividades sobre el
territorio urbano y pasa a ser una derivada de los avances
tecnológicos que han aumentado la velocidad. Aunque un
incremento de ésta no haya significado un ahorro de tiempo
sino un aumento de la distancia. Por muy paradójico que
parezca.
Bajo premisas urbanísticas, económicas y sociológicas, se han
redimensionado las distancias y los tiempos urbanos con
relación a las actividades cotidianas, lo que ha provocado la
sustitución gradual, pero inexorable, de los recorridos cortos
a favor de los largos, que al mismo tiempo alejan las
diferentes partes funcionales de la ciudad. El uso de esta, y
con ella, de la calle se hace cada vez más en sentido
longitudinal, abandonando el tradicional sentido transversal
en los espacios públicos en los movimientos urbanos. Lo que
intensifica la disminución de la densidad urbana y los
desplazamientos en transporte público y andando, los más
generalizables y menos contaminantes.
Los costes de los transportes y la organización de la
ciudad
El incremento de la movilidad no implica sólo un aumento de la
distancia y del tiempo sino también, y especialmente, de los
costes de desplazamiento. Hoy la gran mayoría de las personas
que se mueven contabilizan el coste de la movilidad a partir
sólo de los gastos de operación y algunos (aunque pocos) del
tiempo utilizado para ello.
Para integrar el conjunto de los costes que la movilidad
genera es preciso imputar todas aquellas variables que se
relacionan con el sistema de transporte de una manera global y
no sólo aquellas variables derivadas del desplazamiento. En el
análisis se incluyen los conceptos que permiten la movilidad y
aquellos elementos definidos como externalidades (desde un
punto de vista económico) o impactos (des de un punto de vista
ambiental). Así emergen la totalidad de los gastos (o costes
globales) derivados de la movilidad, independientemente de
quien los asuma, de cuándo se generan y de cómo se
contabilicen.
Esta voluntad integradora de todos los costes es importante
porque, al no ser igual para todos los medios de transporte y
en todos los modelos urbanos, permite comparar transportes y
ciudades, a la vez que permite favorecer aquellas opciones más
sostenibles a nivel económico, social y medioambiental. Así
pues, el medio más eficaz no será aquél que tenga una
velocidad tecnológica más elevada sino aquél que presente unos
costes globales más bajos. En otras palabras: el medio más
eficaz será aquél que tenga unos costes monetarios y
temporales menores y que a la vez sea respetuoso con el medio
natural y social.
Los costes globales incluyen los distintos ámbitos afectados
por el sistema de transporte y pueden desglosarse en
económicos, temporales, ambientales y sociales. Éstos, a su
vez, pueden dividirse en costes asumidos por los usuarios o
por el conjunto de la colectividad, directos o indirectos, o
según sean más o menos cuantificables.
El modelo de movilidad, generador de procesos de exclusión
social
En el escenario urbano actual, y en el modo de producción
flexible caracterizado por la temporalidad de los contratos de
trabajo, los mecanismos de conexión entre las áreas urbanas de
residencia y de trabajo son fundamentales, especialmente entre
aquellos ciudadanos que no disponen de vehículo privado para
su uso cotidiano.
La exclusión de ciertos colectivos del modelo de movilidad
hegemónico se refleja claramente en los medios utilizados para
acceder a los lugares de trabajo. En un análisis por géneros
puede observarse que las mujeres son quienes ofrecen mayores
tasas de utilización de los medios de transporte alternativos
al vehículo privado en los desplazamientos laborales. En el
Área Metropolitana de Barcelona los hombres que utilizan el
vehículo propio para ir al trabajo superan el 60%, frente a
las mujeres que representan el 30%. Pero este reparto modal se
matiza según el área urbana donde estos vivan: en las áreas
urbanas compactas, donde existe una buena red de transporte
público, la participación de este tipo de transporte en el
reparto modal aumenta; por el contrario, en las áreas
periféricas de baja densidad es el vehículo privado el que
tiene un papel central en el uso de los distintos modos de
transporte.
La dinámica de exclusión social que se genera a
partir de los déficits de transportes de uso colectivo se
acentúa a medida que se profundiza en la especialización
funcional del territorio urbano, separando usos, actividades y
colectivos, y a medida que la necesidad de uso cotidiano del
coche privado aumenta. A pesar de que en las últimas décadas
el índice de motorización de las sociedades occidentales y el
parque de automóviles ha crecido de forma considerable (en
España circulan por nuestras calles y carreteras unos 20
millones de turismos, casi uno para cada dos habitantes)
también se ha acentuado el grado de exclusión de aquéllos que
quedan fuera de las posibilidades de uso de este instrumento,
en especial para los residentes en áreas urbanas altamente
monofuncionales y sin ofertas alternativas de transporte.
Carme Miralles Guasch, Universitat Autònoma de Barcelona
e Instituto de Estudios Regionales y Metropolitanos de
Barcelona.
|