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Noticia breve
11 de marzo de 2003
El domingo 23 de febrero tuvo lugar en Valencia la última
de las manifestaciones sobre el Plan Hidrológico Nacional, en
esta ocasión, a favor del mismo.
Han sido multitud las manifestaciones en contra de este
Plan, en particular en Zaragoza y Madrid, pero también en
Bruselas. El
trasvase del Ebro recorrerá 912 kilómetros desde Cataluña
hasta Almería, de los que 480 serán de nueva construcción, y
afectará a cuatro espacios naturales. Diferentes
plataformas ciudadanas y ecologistas se han manifestado en
contra. El Plan está denunciado ante Bruselas, donde la
Comisión de Medio Ambiente del Parlamento Europeo aprobó una
enmienda en la que se pronuncia en contra del mismo,
solicitando a la Comisión Europea que no financie los
proyectos de trasvase contemplados en dicha ley.
Comentario
Geopolítica del agua en un Estado (des)compuesto.
A propósito del Plan Hidrológico Nacional
por Juan Romero González, Universitat
de València
El proceso de gestación y
aprobación del Plan Hidrológico Nacional y el profundo
desencuentro político que ha ocasionado, hasta el punto de que
puede bloquear su posterior desarrollo, es una de las mejores
muestras de la gran debilidad institucional que aqueja al
Estado Autonómico español. La ausencia de espacios adecuados
de decisión política en un estado compuesto y, en
consecuencia, muy complejo, constituye nuestro principal
principal problema político. La gran paradoja del caso español
radica en el hecho de que un estado que bien podría ser
definido como funcionalmente federal , carece de los espacios
adecuados de decisión política propios de cualquier estado
europeo federal, compuesto o con gran nivel de reparto de
poder político entre diferentes administraciones. Carece
también de la “cultura federal” (como es sabido foedus
significa pacto) imprescindible para la elaboración
participada y consensuada de políticas públicas y para
garantizar un buen gobierno del territorio. Nuestra historia
reciente de estado unitario explica en gran parte talantes,
inercias, rutinas políticas, instaladas en la administración
central durante las dos pasadas décadas; gobernar en un
estado compuesto como el español es mucho más difícil, pero el
bloque constitucional no puede ser ignorado ni sorteado, sino
que, con o sin instancias formales de decisión entre
administraciones, obliga en cualquier caso a la cooperación
política entre los diferentes ámbitos relevantes de decisión
que son Estado.
La segunda paradoja radica
en el hecho de que la concepción que inspira muchas de las
grandes decisiones políticas relacionadas con el territorio
todavía descansa en una lógica productivista y sectorial,
cuando el contexto postproductivista aconseja el diseño de
estrategias territoriales sostenibles. En este caso, nuestra
propia biografía como estado y el contexto económico,
social y cultural, explican la notable diferencia de tempos
(político, económico, social, medioambiental) y la concepción
(insostenible) que inspira el Plan.
Las consideraciones que se
avanzan a continuación están relacionadas únicamente con estas
dos cuestiones: la geografía del poder político como elemento
de desencuentro en España y la cultura productivista que
inspira este nuevo proyecto de trasvase como fuente de
contradicción con la nueva cultura del agua de la Unión
Europea. Son, a mi juicio, las dos cuestiones fundamentales
que, de nuevo, pueden impedir que este segundo intento de Plan
Hidrológico pueda concretarse.
I
El trasvase de aguas hacia
determinadas áreas del Sureste español desde otros puntos de
la geografía española es probablemente inevitable si se quiere
remediar en el corto plazo la situación crítica que presenta
el regadío en esa zona. Pero sin consensos básicos previos,
existen muchas posibilidades de que en el medio plazo no
solamente no contribuya a resolver el problema, sino que su
ejecución pueda agravar la actual situación de forma
irreversible. En la situación actual, un trasvase tal vez sea
condición necesaria, pero no suficiente y mucho menos previa.
Tal vez sea imprescindible. Es muy probable que sea viable
desde el punto de vista hidráulico. Pero es muy discutible que
sea sostenible en el medio plazo, desde la óptica ambiental,
económica y social, particularmente en el único ámbito en el
que es realmente necesario: el Sureste español.
II
Hablar en España de
Planificación Hidrológica, básicamente es hablar de regadíos.
Tal vez el punto más débil de este Plan sea no haber
presentado, al menos, una propuesta integrada con el Plan
Nacional de Regadíos, o mejor, con los escenarios de
proyección de la superficie regada en las diferentes
Comunidades Autónomas que son cuencas cedentes y receptoras.
Si se hace una relectura del Plan Nacional de Regadíos, del
Plan regional de modernización de regadíos de la Comunidad
Valenciana y de los Planes de cuenca, la conclusión que se
obtiene es que estos escenarios regionales deberían incluir la
posibilidad de reducir las previsiones futuras de ampliación
de regadíos en la cuenca cedente y el compromiso de reducción
de algunos regadíos actuales en las cuencas receptoras. Tal
posibilidad, única garantía real de que el trasvase que se
propone sea beneficioso para la sostenibilidad del conjunto
del sistema a medio plazo, sólo es posible mediante un Acuerdo
político o Pacto de Estado entre las diferentes
administraciones implicadas.
III
La única posibilidad de
acometer con éxito la solución del problema aconsejaría partir
de una metodología distinta. El gobierno central debería tomar
la iniciativa política y, vía Conferencia de Presidentes o
acuerdo de Presidente del Gobierno, Presidentes Autonómicos,
establecer compromisos previos que garanticen el equilibrio
del sistema productivo del área afectada en su conjunto. Ello
debería implicar necesariamente la discusión, adopción de
decisiones políticas en el nivel adecuado y, en su caso, la
rectificación de decisiones estratégicas incorporadas en
Planes de cuenca y planes sectoriales regionales que este Plan
ignora aunque le afectarán de forma directa. Un trasvase puede
ser una pieza necesaria, tal vez imprescindible para el
Sureste, pero debe ser una más en un conjunto y probablemente
debería ser la última en colocar. El trasvase debería ser el
corolario de compromisos y medidas previas que vinculen a los
tres niveles de administración que, de acuerdo con nuestra
Constitución, son Estado: central, autonómico y local. Si así
fuera, sólo entonces estaríamos ante la posibilidad de un
auténtico Plan Hidrológico Nacional y en ese escenario, un
trasvase para solucionar el grave problema del Sureste sí
sería una solución viable y sostenible.
IV
Cualquier propuesta de
nuevo trasvase debería partir de un análisis completo de la
única gran experiencia de este tipo hasta ahora acometida: el
trasvase Tajo-Segura. Aunque el contexto político en el se
desarrolló era completamente distinto, algunos elementos
pueden ser de gran utilidad. Los estudios recientes que han
abordado esta cuestión, permiten obtener algunas conclusiones
fundamentales para el tema que nos ocupa: a) ha habido una
deficiente explotación reconocida por todos; b) el caudal
trasvasado apenas ha alcanzado el 40% de las cantidades
inicialmente previstas; c) las expectativas inicialmente
creadas tras el anuncio de trasvase y la desidia y falta de
control posterior demostrada por las autoridades competentes -
en cada momento y en cada nivel competencial - han acabado por
generar un problema que actualmente es de mucha mayor
envergadura que el que inicialmente se pretendía solucionar.
Un problema incrementado por un trasvase que ahora se pretende
resolver en la zona afectada por el primero con un segundo
trasvase, que a su vez amplía las expectativas a otras zonas
colindantes, y d) la historia del trasvase Tajo - Segura ha
puesto de relieve el nivel que pueden alcanzar las tensiones
políticas interterritoriales en el nuevo Estado Autonómico,
con independencia de las mayorías parlamentarias existentes en
cada parlamento.
Es fácilmente constatable
el claro empeoramiento de la situación en el regadío del
Segura, un deterioro medioambiental irreversible en algunos
ámbitos y un riesgo cierto de colapso de un modelo territorial
y productivo que, ante la pasividad y connivencia de muchos
responsables de diversas administraciones, ha visto crecer la
superficie regada de forma ininterrumpida hasta hoy, aunque el
grado de intensidad se haya reducido desde unos años a esta
parte.
Ya sabemos cuáles han sido
las tensiones y conflictos políticos y las consecuencias
territoriales y medioambientales del ATS, única experiencia de
gran trasvase anterior a la que podemos remitirnos y que
además ha tenido lugar en el mismo contexto socioeconómico y
cultural al que afectará un nuevo trasvase ¿Qué certeza existe
de que con un futuro trasvase del Ebro no va a desencadenarse
un proceso similar, aunque de mayor dimensión y calado, al
generado por el ATS? ¿Qué garantías existen de que no volverá
a incrementarse la superficie regada de forma descontrolada,
irracional y anárquica en la próxima década? ¿Cómo y quién
garantiza que los recursos sobrantes procedentes del Ebro
llegarán finalmente y en las cantidades predeterminadas a las
cuencas receptoras y no acontecerá como en el caso del ATS?
¿Podría ocurrir que se acometieran las obras de
infraestructura previstas - un presupuesto millonario- y el
agua llegara en mucha menor cantidad? ¿Quién garantiza con más
seguridad que en el anterior trasvase los mecanismos de
gestión?
La propuesta de Plan
Hidrológico no puede garantizarlo. La experiencia más reciente
avala esta afirmación: desde que se ha hecho el simple anuncio
de un nuevo trasvase, proliferan las transformaciones
–incontroladas o consentidas- de secanos y las perforaciones.
Todo ello ante la pasividad de las autoridades de las
Confederaciones Hidrográficas y de los responsables de las
tres administraciones autonómicas con competencias en la
región geográfica del Sureste. Baste con referir que el precio
de los sondeos en la comarca del Segura se ha incrementado en
cantidades desorbitadas desde el anuncio del posible trasvase.
Idéntica situación
encontramos en algunas comarcas de Castellón, donde hasta hace
muy poco tiempo responsables públicos animaban a la ampliación
del regadío, afirmando incluso que el agua para riego sería
gratuita. Modificaciones recientes introducidas en la
legislación forestal por el gobierno valenciano están
favoreciendo la transformación en regadío. En los riegos del
río Palancia se han cometido y se están cometiendo auténticos
dislates en transformación de tierras de secano. La situación
no es menos grave en el caso de los riegos de Murcia y tal vez
es todavía más insostenible en el caso de los riegos de
Almería.
En conclusión, existen
demasiadas expectativas, ahora renovadas e incrementadas, que
se están concretando en el aumento de perforaciones con la
esperanza de que esas transformaciones en regadío privadas,
podrán acceder a las aguas procedentes del trasvase. Se ha
iniciado ya un proceso similar al que ocurriera con ocasión de
la experiencia anterior del ATS.
V
Cualquier iniciativa en
este campo no puede ignorar la actual realidad del Estado
Autonómico. Debe implicar y obligar a todas las
administraciones que son el Estado. Sin embargo, la
elaboración del Plan, su aprobación y las consecuencias
políticas, sintetizan mejor que ninguna otra cuestión de
ámbito estatal las notables carencias existentes en España en
materia de coordinación institucional. No por casualidad la
propia Unión Europea sitúa en la ausencia de dispositivos
institucionales uno de los obstáculos estructurales más
importantes del Reino de España a la hora de desarrollar con
eficacia políticas públicas. La existencia de inercias,
desajustes y solapamientos entre administraciones con
competencias - para el caso que nos ocupa en política
territorial - son tan notables, que la medida de trasvase que
se propone puede resultar más perjudicial en el medio plazo si
no existen garantías previas de coordinación de esas
políticas, sólidamente asentadas en decisiones políticas que
comprometan a todas las partes.
Existe amplia coincidencia
entre los expertos en señalar que el único problema
hidrológico fundamental que tiene España se centra en la
región geográfica del Sureste. También existe amplia
coincidencia en subrayar que la actual situación ha sido el
resultado de dejar evolucionar durante décadas un modelo
productivo insostenible apoyado en el desarrollo de una
agricultura intensiva, cuya rentabilidad y posición
estratégica en el mercado europeo nadie discute, pero que ha
desequilibrado completamente el sistema. Una cuenca
sobreexplotada, en la que ya no existe margen alguno para
garantizar el equilibrio del sistema, cuyo futuro próximo
presenta únicamente dos opciones posibles: a) reducción de la
superficie regada en una superficie no inferior a las 80.000
hectáreas, y b) proceder a garantizar aportes externos.
Coincido en este punto con
quienes, desde la ingeniería hidráulica, sostienen que de
nada sirven ya en esta zona las apelaciones a la mejor
reutilización del agua o incluso a la utilización de plantas
desalinizadoras como alternativa al trasvase. No es un
problema de eficiencia del sistema, sino que el problema
dramático es que, en conjunto, el sistema del Sureste presenta
un déficit actual probablemente no inferior a 1.000 Hm3 Como
es sabido, en algunas comarcas del Segura el agua se llega a
reutilizar hasta seis veces hasta su desaparición completa sin
llegar al mar. Es precisamente gracias a la ineficiencia aguas
arriba como puede regarse aguas abajo. El problema es que, en
conjunto, el sistema no está equilibrado y existe un riesgo
serio de que pueda provocarse una crisis de consecuencias
imprevisibles.
Esta circunstancia no
ocurre, en cambio en otras cuencas, como por ejemplo la del
Júcar, donde el sistema está equilibrado y sí existen muchas
posibilidades todavía de mejorar su eficiencia modernizando
los regadíos tradicionales y recientes.
Planteada la cuestión en
estos términos para el Sureste, es muy probable que la única
opción sensata sea la de proceder a la realización de aportes
externos. Pero la propia experiencia de las dos últimas
décadas aconsejan la exigencia de plenas garantías y
compromisos de los tres gobiernos autonómicos que van a
recibir sobrantes, de que van a finalizarse en unos casos o
iniciarse todavía en otros, planes y programas concretos de
limitación -eventualmente de supresión en algunas zonas- del
regadío. Ello requiere inevitablemente en algunos casos la
revisión previa de Planes de cuenca y la revisión igualmente
de planes de regadío por una parte, y por otra de la asunción
de compromisos concretos de proseguir, intensificar o iniciar,
planes de ahorro y de modernización de regadíos en las tres
Comunidades Autónomas afectadas. Como suele decirse de forma
muy expresiva, los gobiernos autónomos de Valencia, Murcia y
Andalucía, previamente al anuncio de la decisión política de
proceder a un trasvase desde el Ebro, deben “hacer sus
deberes” y deben garantizar que van a seguir haciéndolos en el
futuro, mediante compromisos públicos de actuaciones
refrendadas pos sus respectivos parlamentos. Esta cuestión,
que hace referencia a la responsabilidad de cada uno es muy
importante en el contexto español de profunda
descentralización política. No puede pretenderse, porque no es
defendible, que para atender problemas generados en un ámbito
que cuenta con un nivel de responsabilidad política muy
elevado, en parte ocasionados por inacción en el propio nivel
regional, la solución le venga proporcionada desde fuera sin
aceptar plenamente decisiones corresponsables.
Es un territorio que forma
una unidad geográfica sobre la que se superponen tres cuencas
hidrográficas, tres Confederaciones - cuyos límites no se
ajustan a los de los gobiernos autónomos y que han evidenciado
una debilidad institucional y una pérdida de capacidad de
actuación notables, a medida que se ha ido consolidando el
estado Autonómico -, y tres gobiernos regionales entre los que
no existe ninguna coordinación de sus políticas territoriales,
ni entre estos y las directrices territoriales emanadas del
gobierno central.
Coordinación, cooperación,
conocimiento previo del escenario conjunto y creación, en su
caso, de dispositivos institucionales, de los que España
carece todavía, son en este caso fundamentales. Porque el Plan
que se propone, no debe olvidarse, no puede ni debe aspirar a
convertirse en el elemento vertebrador de una estrategia
territorial que resuelva los problemas futuros de la región
geográfica del Sureste español. No es suficiente con que haya
sido aprobado por el parlamento español. El marco de decisión
política que aborde el problema en su complejidad – y ésta es
una cuestión política muy relevante que merece soluciones
complejas- se sitúa en otro ámbito competencial que excede a
las posibilidades de un único parlamento y del gobierno
central. Requiere la cooperación y el compromiso de los
gobiernos regionales porque de nada sirve que en el Plan se
indique que se prevé que la superficie de regadío en las
cuencas receptoras no experimentará un incremento si no existe
una planificación estratégica que comprometa a todos.
En el otro extremo, el de
la cuenca cedente, no se puede compartir el enfoque que
inspira el Plan: no fijar ninguna obligación de ahorro a
ningún nivel, para evitar que las resistencias políticas
dificulten en exceso la ejecución del trasvase o puedan
reducirse los aportes de aguas sobrantes. No es aceptable que
en el actual contexto de las agriculturas europeas y con los
marcos futuros de regulación ambiental y control de la calidad
de las aguas, en la propia documentación del proyecto de un
Plan Hidrológico pueda afirmarse que “…los usuarios del Ebro
pueden operar sus sistemas conforme a su propia conveniencia”.
En el marco de una discusión racional de ámbito estatal, las
administraciones responsables de concretar esta decisión
estratégica deberían asumir sus responsabilidades y afrontar
la realidad aún a riesgo de que no cuente con apoyo social
unánime. Es sabido que la reserva fijada en el Plan de cuenca
para usos industriales y la previsión de incremento de
regadíos en Aragón están completamente alejadas de todo
planteamiento lógico en el actual contexto postproductivista y
en el marco restrictivo previsto en la Agenda 2000 que, a su
vez, es consecuencia de un nuevo marco para el comercio de los
productos agrícolas aceptado por la Unión Europea en el seno
de la OMC. Basar las expectativas futuras de la región en la
expansión del regadío es sencillamente un planteamiento
productivista anacrónico. Y un Plan que pretendiera ser
hidrológico y nacional, no se puede mostrar indiferente
respecto a las previsiones allí establecidas y sus
consecuencias, sino que debe reflejar, por interés nacional,
una posición consensuada más racional respecto de ese Plan de
cuenca, del Pacto del parlamento aragonés o de las
expectativas crecientes pactadas con el gobierno regional de
Castilla-La Mancha.
Esta cuestiones, que son
centrales, no pueden resolverse recurriendo a los acuerdos
bilaterales, y dejando que cada parte afectada haga todo lo
que tenga previsto en el futuro a condición de que permita que
la otra lo haga también. En el caso de Aragón y Castilla- La
Mancha, queda reflejado literalmente de esta forma en el Plan
Hidrológico. En el caso de Valencia, Murcia y Andalucía, el
establecimiento de límites a la expansión del regadío en el
contexto y con los mecanismos de coordinación institucionales
actuales, los deseos que inspiran este Plan son pura
formalidad.
Si se procediera a
ejecutar, sin más, el trasvase previsto y no existen garantías
de que pueda haber una evolución en el sentido de reducir las
expectativas de expansión del área regada en unos casos o
reducir su perímetro en otros, la consecuencia puede ser el
desequilibrio del sistema en su conjunto y no solamente en el
ámbito del Sureste. Por esa razón, sería imprescindible
alcanzar acuerdos políticos y compromisos concretos en el
ámbito adecuado, como condición necesaria y previa para
proseguir con la iniciativa de trasvase, desde el Ebro o desde
cualquier otro punto.
Una decisión estratégica
de esta envergadura y complejidad, si realmente pretende
descansar en la definición de un auténtico interés nacional,
requiere afrontar la situación en su conjunto y acordar la
decisión entre las partes. En caso contrario, el resultado de
desarrollar las previsiones hasta ahora aceptadas, no serían
más que un agregado de estrategias territoriales con resultado
final negativo. El posible y necesario acuerdo de Estado no
puede descansar en la concesión ilimitada de todo lo que cada
uno pueda solicitar, impelido por la presión de las
poblaciones y sectores económicos de cada zona o, mucho menos,
por razones de calendario electoral.
Un asunto de Estado como
el que aquí se considera, debe situarse por encima de las
estrategias partidarias y de las mayorías parlamentarias -ahí
radica precisamente su dificultad y complejidad- y no puede
hipotecar situaciones de futuro. El debate social que vuelve a
plantear de nuevo este Plan Hidrológico se hace en condiciones
mucho más críticas que hace diez años para aquella región
geográfica del Sureste que ahora necesita soluciones urgentes.
Debería ser posible que la urgencia actual no impidiera ver el
medio plazo. La iniciativa debería conducirse de modo que
impida que sea necesario tener que volver a reabrir de nuevo
estas cuestiones dentro de unos años, pero en condiciones
mucho más dramáticas y de mayor alcance territorial, social y
medioambiental. En caso de que no fuera posible hacerlo de
forma ordenada, corresponsable, racional y sostenible, tal vez
sería más prudente demorar la decisión política hasta que las
condiciones permitan garantizar un escenario futuro que
proporcione mayor seguridad.
VI
El Plan aborda las graves
consecuencias medioambientales de los procesos provocados por
la sobreexplotación de acuíferos subterráneos, pero omite la
no menos grave situación provocada en todo el regadío litoral
mediterráneo a causa de la contaminación por nitratos. Al no
incorporar, ni aquí ni en los Planes de cuenca, medida alguna,
la calidad de las aguas subterráneas va a empeorar en el
futuro con riesgo creciente para la salud de una buena parte
de las poblaciones del litoral.
La propia información
oficial, tanto del propio Ministerio de Medio Ambiente, como
de algunos gobiernos regionales son buena prueba de la
preocupante situación de las aguas subterráneas del litoral
mediterráneo. Valga como muestra el reciente decreto de zonas
vulnerables (enero de 2000) aprobado por el gobierno
valenciano para dar cumplimiento a su vez al Real Decreto del
gobierno central publicado en su día para dar cumplimiento a
la Directiva Nitratos: la relación de municipios relacionados
como zona vulnerable alcanza la cifra de 202. Otros estudios
recientes cifran en más de 700.000 los habitantes de la
Comunidad Valenciana que beben aguas que sobrepasan con mucho
los mínimos establecidos en la Directiva Nitratos.
La reciente Directiva
relativa a la calidad de las aguas destinadas al consumo
humano, pese a las numerosas situaciones de excepcionalidad y
prórrogas que incluye, viene a expresar con claridad la
obligación de los Estados miembro de acometer medidas
correctivas para restablecer la calidad de las aguas
destinadas a consumo humano, señalando de forma expresa que
“…debe darse prioridad a la acción encaminada a rectificar el
problema en la fuente”. La fuente es la contaminación de
origen agrícola y así como otros Estados y muchos gobiernos
regionales de la Unión hace tiempo que han desplegado medidas
y políticas orientadas a mejorar la situación, los países
mediterráneos apenas han iniciado medida alguna. Este Plan es
el ámbito idóneo para incorporar también compromisos de planes
y regulaciones que en la escala regional aborden seriamente
esta cuestión. Y no sólo debe ser visto como una “obligación
de Bruselas”, sino para preservar y defender la salud de las
personas en un área que no puede decidir condenar sus
acuíferos subterráneos durante varias generaciones.
Las causas que explican
por qué no existe conciencia ciudadana de este grave problema
son conocidas. Pero el hecho de que no exista presión social
no exime a los responsables políticos de las diferentes
administraciones competentes, en una ocasión como la redacción
de un Plan Hidrológico, de incorporar compromisos y
calendarios relacionados con esta cuestión.
Sabemos que la regulación
agroambiental en los países mediterráneos políticamente no es
todavía una cuestión relevante. Prevalece la inercia profunda
de la lógica productivista. Si se compara con el nivel de
percepción del problema de la contaminación de los acuíferos
por nitratos que existe en el Norte, puede afirmarse que no es
una cuestión que preocupe a la población. El contexto sigue
siendo “agrarista”. Los agricultores y el conjunto del bloque
agrario siguen monopolizando el discurso y siguen siendo
depositarios de la confianza de la mayoría, como protectores y
defensores del espacio rural. Están socialmente legitimados.
La figura del agricultor no se cuestiona públicamente y
tampoco sus prácticas. El agricultor monopoliza el discurso
agrario y rural y el bloque agrario es políticamente
hegemónico.
Los problemas
medioambientales que atraen la atención ciudadana están más
relacionados con actividades contaminantes localizadas en el
espacio rural, pero que no tienen nada que ver con la
agricultura. Como puede comprobarse con ocasión de la
propuesta del propio Plan Hidrológico, en el debate social
predominan de una parte las peticiones de más agua para regar
mejor o más, y de otra, la preocupación por espacios naturales
específicos o singulares, normalmente con alternativas
proteccionistas de corte biologicista. Diferentes
organizaciones y asociaciones manifiestan inquietud por el
impacto ambiental producido por proyectos de las grandes
infraestructuras que atraviesan paisajes o entornos bien
conservados. El volumen del Plan Hidrológico dedicado a estas
cuestiones, que participa de este enfoque parcial e
incompleto, básicamente se ocupa de estudiar el impacto en el
paisaje o en entornos protegidos ocasionados por el trazado.
Se trata de cuestiones que tienen lugar en el espacio rural,
pero la fuente de contaminación o agresión es “externa”, no
guarda relación con las prácticas agrarias o ganaderas.
Los gobiernos han ignorado
de facto las directivas y reglamentos comunitarios
referidos a regulaciones agroambientales, destinados a reducir
la contaminación agrícola y ganadera. Y cuando finalmente han
acabado por elaborar normas como “obligación de Bruselas”, la
mayoría ni siquiera se aplican porque no se corresponden ni
con las prioridades políticas, ni con las preocupaciones
mayoritarias de las poblaciones. Pero ello no significa que no
exista una situación muy grave que también debiera ser tenida
en cuenta seriamente en cualquier planificación hidrológica
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Enlaces de interés
Ministerio
de Medio Ambiente. PHN
Confederación
Hidrográfica del Sur de España
Confederación Hidrográfica
del Ebro
Presidencia
del Gobierno. PHN
Fundación Ecología y Desarrollo
Greenpeace. PHN
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